Jerome David Salinger ​

Tiene la particularidad de despertar en mí todo el sadismo que llevo dentro y con él me ponía sádico muchas veces. Al nal me cansé. Me eché otra vez hacia atrás la visera y dejé de hacer el payaso.
—¿De quién es esto? —dijo Ackley. Había cogido la venda de la rodilla de Stradlater para enseñármela. Ese Ackley tenía que sobarlo todo. Por tocar era capaz hasta de coger un slip o cualquier cosa así. Cuando le dije que era de Stradlater la tiró sobre la cama. Como la había cogido del suelo, tuvo que dejarla sobre la cama.

Se acercó y se sentó en el brazo del sillón de Stradlater. Nunca se sentaba en el asiento, siempre en los brazos.
—¿Dónde te has comprado esa gorra? —En Nueva York.
—¿Cuánto?
—Un dólar.
—Te han timado.
Empezó a limpiarse las uñas con una cerilla. Siempre estaba haciendo lo mismo. En cierto modo tenía gracia. Llevaba los dientes todos mohosos y las orejas más negras que un demonio, pero en cambio se pasaba el día entero limpiándose las uñas. Supongo que con eso se consideraba un tío aseadísimo. Mientras se las limpiaba echó un vistazo a mi gorra.
—Allá en el Norte llevamos gorras de esas para cazar ciervos —dijo—. Esa es una gorra para la caza del ciervo.
—Que te lo has creído —me la quité y la miré con un ojo medio guiñado, como si estuviera a nando la puntería—. Es una gorra para cazar gente —le dije—. Yo me la pongo para matar gente.

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